
Muchos años han pasado desde que se proyectó la última película del “Garañón” italiano Rocky Balboa. Siete años para ser exactos. En aquella oportunidad el hijo predilecto de Filadelphia, venció a su pupilo Tommy Gunn en una riña callejera en una lucha de poder y orgullo, por demostrar que el maestro nunca podría ser superado por el alumno.
Con eso se sellaba (eso se creía en esos años) la historia de uno de los personajes más famosos que haya encarnado Silvestre Stallone. Papel que le dio fama mundial y con el que consiguió tres estatuillas en los Premios Oscar de 1997, una de ella como mejor actor, desplazando al favorito de la noche, Robert DeNiro (Taxi Driver).

Aunque para muchos, la Academia fue muy injusta con Travis (encarnado por DeNiro en la cinta de Martin Scorsese), no cabe duda que catapultó la carrera del otro, de Stallone.
Sin embargo los años no pasan en vano, aunque eso no quieran verlo los realizadores y hasta propio Sly, con la reactualización de su viejo personaje. Lo cierto es que “Rocky Balboa”, nombre que lleva la sexta parte de la franquicia, no es más que la historio de un luchador en decadencia, de un guerrero que se niega a morir pero que sabe que el final está cerca.
La cinta acertaría si expusiera a un Rocky retirado pero con mucho que enseñar. Un ex luchador del cuadrilátero que ha aprendido muchas lecciones de la vida con cada puñetazo que ha ido a parar a su rostro, en cada gota de sangre derramada en la lona.
Muy por el contrario esto no se ve en la pantalla. Se nos quiere hacer creer que el garañón es un súper humano, un sujeto que es inmune al paso inexorable de los años. Aunque en la trama se ve a un Rocky cansado, no sé de donde, saca fuerzas de flaqueza y adquiere las energía necesarias para enfrentar a su contrincante Mason “the line” Dixon. Un oponente traído de no se donde, pero que demuestra que ya no existe oponentes de peso.En suma, Rocky Balboa pretende cerrar un círculo que abrió con la primera parte. Trata de devolver al protagonista a sus raíces, a sus antiguos anhelos, claro, todo ello sin un ojo de tigre sino con una mirada orgullosa por el camino labrado. Rocky, puede resultar inverosímil y hasta ridículo, pero es el último tributo que le ha querido rendir su creador a los fanáticos que aun le quedan.
Algunos de ellos sobre la base 30 y con una devoción casi sexual de coleccionar muñecos. (esto último, un punto aparte de la nota y en homenaje a Polvorito)
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